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El Ocaso de los soles de Rogelio Sosa: una experiencia de escucha con la que abrió el festival Poesía en Voz Alta 2019



Por Alonzo Caudillo


La edición 2019 de este ya muy reconocido Festival de Poesía en Voz Alta y que se realiza anualmente en la Casa del Lago dentro del Bosque de Chapultepec, tuvo como tema central la conmemoración de los 500 años de la expedición que realizara Hernán Cortés a México, y su encuentro con el emperador mexica Moctezuma. Significativo es, entonces, que el Festival abriera el 24 de mayo con Ocaso de los soles, una pieza especialmente comisionada para la ocasión al artista sonoro mexicano Rogelio Sosa,[1] la cual se construye a partir de los ocho catastróficos presagios que sellaron el destino de Tenochtitlan y de los mitos sobre la creación de las cinco edades de la cosmogonía mexica. En paralelo, esta pieza se sumó a la serie de homenajes que se habían llevado a cabo en meses recientes al filósofo e historiador Miguel León-Portilla a sus 93 años, quien dedicó gran parte de sus investigaciones a la reinterpretación de los mitos nahuas, entre los cuales se encuentra precisamente el de los cinco soles que es el eje de esta composición.

            Estrenado al aire libre en el Espacio Sonoro,[2] el Ocaso de los soles se presentó como una obra en vivo, en la que se combinaron diversas técnicas y lenguajes: por un lado, la grabación y manipulación de registros sonoros a cargo del propio Sosa[3]acompañado de su equipo técnico, y por otro, la ejecución instrumental y la interpretación vocal de cuatro artistas invitados por él, que entraron en diálogo con las pistas sonoras en lo que resultó una especie de performance-ritual. 




Uno de las primeros momentos de la representación del Ocaso de los soles en el Espacio Sonoro. Al fondo entre los árboles, Bárbara Lázara de pie. Rogelio Sosa de pie a la derecha, supervisando la escena
(Foto: Susana González Aktories)



  Pensada como una radio-ópera, esta intervención sonora tomó como base el registro en audio de tres voces distintas que se encargaron de leer las narraciones nahuas, tal como fueron recuperadas y luego reinterpretadas en su traducción al español por León-Portilla. El principal motivo de inspiración para Sosa, según declaraciones públicas, fue la lectura del propio autor extraída de una grabación realizada para la colección Voz Viva de México, que lleva por título Mitos prehispánicos. La segunda y la tercera voces, que alternan la lectura en náhuatl y en español, corresponden a Ana Lilia Velázquez, hablante nativa del náhuatl y activa defensora de esta lengua, y al discípulo, colega y amigo del historiador, Salvador Reyes Equiguas[4], respectivamente.

            Respecto a la voz de Miguel León Portilla, cabe mencionar que ésta fue grabada y editada en un LP en 1970 para la UNAM, constituyéndose en una de las más memorables y concurridas grabaciones de la mencionada colección Voz Viva de México, a la que se integró a diez años de su lanzamiento, en el volumen 15 de la serie Literaturas Mexicanas. Dicho audio fue reeditado en CD por El Colegio Nacional en 1994 y posteriormente, en el 2016, también en CD dentro de la colección de Voz Viva (con no. de catálogo 134).[5] La voz lectora que se nos presenta como referencial no es entonces la del León-Portilla de edad ya muy avanzada, sino de quien se encontraba en plena madurez al contar con 44 años al momento de la grabación. En ese sentido no dista demasiado de las otras dos voces “adultas” (la femenina y la masculina) con las que alterna, aunque claramente presentan un registro distinto. No sólo por una diferencia de timbre, sino también por una de entendimiento de las lenguas leídas; es decir, por un lado tenemos el registro de la lectura formal que casi no presenta una variación de intensidad y altura, con lo cual estaríamos hablando de un mero nivel “fónico”; pero, por el otro, tenemos el filtro de lo que estamos acostumbrados a escuchar, que sería un nivel semántico y de prosodia del náhuatl y del español. No se puede afirmar que no hubiera hablantes del náhuatl durante la presentación de la pieza, pero sí es posible asegurar que había mayormente hispanohablantes. Tomando en cuenta esto, podemos resaltar que la percepción que se tenga de las voces que leyeron los textos dependerá de los dos niveles mencionados arriba, con lo que se puede concluir que, aunque la lectura en náhuatl haya permanecido dentro del primer nivel, en el segundo concebiremos un diálogo que nos es en parte ajeno y en parte significativo (como suponemos fueron los primeros diálogos entre los españoles y los mexicas).

Respecto al plano semántico que se desprende de las lecturas, de las once narraciones contenidas en el álbum original, Sosa parece haber elegido y redispuesto diversos fragmentos con el fin de generar una meta-narración cuyo gesto parece conservar el espíritu moralizante de esas palabras de los sabios o huehuetatollis. La recreación del discurso oral de estas narraciones, más que verse distorsionado a nivel sonoro, parece colorearse o ambientarse a partir de una base electrónica.

Para las voces en vivo, Sosa, eligió a dos de los vocalistas más versátiles de la escena experimental en México: Rodrigo Ambriz y Bárbara Lázara. Ambos, empleando distintas técnicas de la voz extendida por momentos parecían entrar en diálogo y literalmente contrapuntear la narración; otras, parecían convertirse en sus actores. Entre sus funciones performativas estaban marcar los gestos rituales de la puesta en escena, creando un círculo con cal para delimitar el espacio central —representando lo sagrado— en torno al cual se centraría la acción y donde normalmente se situarían los músicos; quemando copal y ofrendándolo en los distintos puntos cardinales, empleando otros elementos escénicos como espejos redondos o instrumentos de percusión, entre otros; irrumpir performáticamente o bien escenificar los espacios entre cada narración; y finalmente, el “rasgar” su sentido discursivo con gestos sonoros como gruñidos, gritos, emisiones vocales agudas y llantos.

La convivencia y alternancia de las cinco voces logró expresar la conmoción (entendida en su doble sentido de “sacudida” y de “poner en movimiento”) que según estas narraciones pudo haber significado el choque entre Cortés y Moctezuma, entre la cultura hispana y la mexica, además de entre el nacimiento y muerte de cada era.


Bárbara Lázara a la izquierda creando el círculo con cal. Al centro los músicos Milo Tamez y Jacob Wick
(Foto: Susana González Aktories)



Durante la ejecución del Ocaso de los soles, las voces registradas planteaban un plano diegético que invitaba a la audiencia a situarse en un momento y lugar distintos, lejanos, originarios, míticos, que parecían representarse y actualizarse en el performance de Ambriz y Lázara, secundados por Milo Tamez en las percusiones y Jacob Wick en los alientos, que se llevaron a cabo tanto dentro como fuera del perímetro establecido al inicio de su intervención. Los instrumentos cumplieron su parte en la representación del relato ritualizado, quizá a veces de manera demasiado previsible por la cercanía que guarda su ejecución con otras recreaciones rituales que actualmente se viven en la ciudad como los que se conocen por los concheros, interactuando con los textos leídos a manera de ilustración sonora, como por ejemplo cuando la caída del cuarto sol (sol de agua) se anuncia haciendo sonar un “palo de lluvia”, o bien en invocaciones que son acompañadas por flautas pentatónicas o por el toque de un caracol marino que remite a prácticas ancestrales.

El recorrido que realizaron en esta escenificación, que estuvo a cargo del propio Sosa junto con la coordinación de Aura Arreola, además de contar con el apoyo de Mariana David como asistente de dirección y Daniel Lara como asistente de producción, se caracterizó por dos tipos de desplazamientos: uno centrípeto/centrífugo y otro circular. Con el primero se representa un movimiento doble: el de concentración-repulsión de las fuerzas gravitatorias debido a su masa (cercana a la concepción que el filósofo Empédocles de Agrigento tenía del cosmos, la cual consistía en la mezcla (Amor) de la tierra, el agua, el viento y el fuego, y su separación (Odio) para la conservación de la materia universal); mientras que con el segundo se hace referencia a una concepción cíclica, repetitiva, del tiempo, en el que nuestras acciones y las del universo no tendrán un fin final o telelológico (como lo es en el caso del catolicismo profesado por los españoles) sino eternamente cayente y renaciente. Dichos desplazamientos lograron, por un lado, simbolizar el movimiento de los cuatro soles que permitieron la creación de aquel que rige nuestra era; y por el otro, expresar una cosmovisión sonora, es decir, hacer ver que los astros del universo, en relación con nuestra existencia, confluyen y persisten a partir de la destrucción creativa de la materia y de sus vibraciones.


Wick y Lázara al centro. Momento en el que inicia la lluvia.
(Foto: Susana González Aktories)


            Alientos, voces, percusiones, luces, cuerpos en movimiento… y por si fuera poco, lluvia, no sólo la que fue invocada en la misma pieza, sino la que realmente terminó cayendo de forma persistente aunque por fortuna no tan abundante: éstos fueron los elementos que conformaron una pieza fatídica por su contenido simbólico, pero también (in)augural. 


Escenas del performance con los músicos al centro
(Foto: Alonzo Caudillo)

 
Llama la atención que el evento con el que abrió sus actividades el festival fuera un singular “Ocaso”, lo cual nos invita a entenderlo no sólo como la caída del sol a la que le sigue un largo periodo de oscuridad, sino también a su posibilidad de renacimiento. Lo cual, en todo caso, mantiene una cierta forma clásica de representación del conflicto acaecido hace 500 años y no una revisualización de tal evento.



[1] Para su realización se contó con la colaboración de la Dirección de Literatura de la UNAM.

[2] El Espacio Sonoro se encuentra en la zona del jardín a un costado de la Casa del Lago. Fue especialmente equipado en 2014 para la presentación y realización de sesiones de escucha de composiciones electroacústicas tomando en consideración el concepto de “ecología acústica”, el cual piensa las relaciones entre el medio ambiente y el ser humano a través de los sonidos: tanto los de la propia naturaleza como los de las producciones que podrían presentarse en el futuro.

[3] Nacido en CDMX en 1977, Rogelio Sosa es artista sonoro y promotor cultural; sus trabajos e intereses se cifran en composiciones electroacústicas e instrumentales improvisadas, así como la construcción de espacios sonoros que se compenetren con el medio audiovisual. Actualmente es el director del Festival Aural, creado en 2010.

[4] Sobre esta participación, cabe mencionar la declaración de María Luisa León-Portilla, hija del historiador: “Además, mi madre y una servidora estuvimos de acuerdo, y nos da muchísimo gusto, en que el doctor y amigo queridísimo Salvador Reyes, investigador del Instituto de Investigaciones Bibliográficas, participe de esta lectura.” (en Ángel Vargas, “Homenaje a Miguel León-Portilla en el Festival Poesía en Voz Alta”, La Jornada, secc. Cultura, 7 de mayo 2019, https://www.jornada.com.mx/2019/05/07/cultura/a05n1cul).

[5] Véase el sitio de Eduardo Ortiz Moreno “Voces que dejan Huellas”. https://www.cecilia.com.mx/leonportilla.htm.